miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mariano: la venganza del asesino.

Mariano Saravia Da Rosa (1868 - ?).

Apenas gateaba cuando sus hermanos mayores , Gumersindo y Aparicio, hacían sus primeras armas en las “Revolución de las Lanzas” de 1870, que condujo el caudillo blanco Timoteo Aparicio. Pero ni bien le apuntó el bozo, se apersonó a Don Chico, para pedirle que lo “habilitara” con algunas libras para hacerse “un lugar en la vida”. Su padre, amarrete empedernido, le salió con un puñado de libras que le rebotaron en la cara, tras la reacción altiva de Mariano : “pa que se compre velas”. Y se fue a lo de otro hermano mayor – Antonio Floricio (“Chiquito”) – que ya vivía en Cañada Brava.
En 1878, cuando Mariano tenía diez años , Doña Ciriaca Olivera, bautizó un varoncito que llamó Antonio Mariano. El padrino era Mariano Saravia y la madrina Amelia Saravia y aunque el libro parroquial no lo dice, el padre era Antonio Floricio (“Chiquito”) Saravia, que luego tendría ocho hijos mas con Ciriaca (entre ellos, Regina, abuela del ex presidente Sanguinetti , y Raymunda, bisabuela de mis hijos). Chiquito, pues, puso a su primogénito su propio nombre (Antonio) y el de su hermano ,y desde entonces compadre, (Mariano). Ambos - Mariano “Viejo” y Antonio Mariano – cargaron en Arbolito, junto a Antonio Floricio (Chiquito), en marzo del 97, cuando lo mataron. Chiquito tenía entonces 43 años, Mariano Viejo, 29 y Antonio Mariano apenas 19.

Mariano comandó la legendaria División 11. La historiografía y la tradición oral, dicen que esta División estaba formada por indios y negros “de la frontera”, desarrapados y degolladores. Después de Masoller y tras el desbande, Mariano quemó el parque (o parte de él) en una zona cercana a “La Ternera” y se “perdió Brasil adentro”, jurando no volver ni muerto. Desoyendo esa promesa (y exponiéndose a la consiguiente maldición) sus descendientes blancos y colorados, casi cien años después, lograron repatriar sus restos y enterrarlos en el cementerio de Santa Clara. Terminaron a las trompadas y a los tiros.

No es difícil imaginar las carcajadas de Mariano desde el mismísimo infierno. Sus huesos están aquí, pero sería arriesgado decir que “descansan”.

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